Mi taller

Hace poco me hicieron una comanda de jabones conscientes y, mientras realizaba el encargo, sentí que era importante explicar mi proceso de elaboración: cómo preparo mi taller y doy vida a cada jabón.

Hay un momento, justo antes de empezar, en el que todo se detiene. No es algo que se vea desde fuera. No hay ruido, ni prisa, ni producción en cadena. Es más bien una sensación… como si el tiempo se hiciera más ancho y mis manos recordaran algo antiguo.

Preparar el espacio no es ordenar… es abrir. Antes de tocar un solo ingrediente, preparo el lugar. Limpio el banco, coloco cada herramienta, reviso los moldes. Pero no es solo limpieza física, es una forma de decirle al espacio: “voy a crear aquí”, de acompasarme con el tiempo que lo sostiene. A veces enciendo una vela; otras, paso un poco de humo —lavanda, romero, lo que tenga a mano— y dejo que el aroma lo impregne todo. Es un gesto sencillo, pero cambia completamente la energía. Después coloco algo que me conecte: una flor, una piedra, una palabra escrita, música (casi siempre mantras). No siempre es lo mismo, depende del día, de cómo estoy, de lo que quiero crear. Y entonces respiro, porque antes de hacer jabón… hay que estar presente.

Cuando estoy diseñando los jabones trabajo con cosas simples: glicerina vegetal, aceites esenciales, arcillas, infusiones. Nada complicado, nada inaccesible. Pero cada ingrediente tiene su carácter, su lenguaje. No elijo solo por propiedades, elijo por lo que siento. Hay días en los que el cuerpo pide suavidad y entonces aparece la caléndula o la avena; otros días necesito claridad y voy directo a los cítricos o al romero. A veces ni siquiera pienso demasiado… simplemente dejo que las manos decidan. Porque en el fondo, hacer jabón es eso: escuchar.

Derrito la base al baño maría, con cuidado, sin prisas, y mientras tanto preparo los ingredientes: mezclo arcillas, diluyo aceites esenciales, observo colores. Cuando todo está listo empieza la alquimia. Mezclar, remover, ajustar… no es solo una secuencia técnica, es un diálogo. Hay momentos en los que sabes que falta algo o que ya está perfecto. No siempre se puede explicar, pero se siente. El aroma empieza a llenar el espacio, la textura cambia, el color toma forma, y entonces vierto la mezcla en el molde. Ese instante —cuando el líquido se convierte en algo que pronto será sólido— siempre me parece mágico.

No hago jabones solo para limpiar. Cada uno nace con una intención: a veces es calmar, otras activar, proteger o acompañar. Antes de dejarlo reposar cierro los ojos unos segundos y pienso: ¿para qué servirá este jabón?, ¿qué quiero que transmita? Entonces decido los mantras que van a activarlo y los recito como para impregnarlos de esa energía, junto con los mantras para su uso diario. Porque esto no es solo un producto… es una forma de transformar lo cotidiano en algo con sentido, casi ritual.

Y después sí, lo dejo reposar. Porque una vez vertido, ya no hay nada que hacer. Dejar que el jabón enfríe, que se asiente, que tome su forma… me recuerda que no todo depende de mí, que hay procesos que necesitan tiempo, silencio, paciencia. Como la vida.

Cuando el jabón ya está sólido y lo desmoldo, aparece un último gesto que también forma parte del proceso: el empaquetado. No lo vivo como algo separado, sino como el cierre de todo lo anterior. Elijo materiales sencillos, naturales, coherentes con lo que hay dentro. A veces añado una etiqueta, una palabra, un pequeño mensaje… otras veces dejo que el propio jabón hable por sí mismo. Mientras lo envuelvo pienso en quién lo va a recibir, porque en ese gesto también viaja la intención con la que fue creado.

Con el tiempo he entendido que este trabajo va mucho más allá de fabricar algo. Es una forma de volver a lo simple, de trabajar con las manos, de crear desde dentro. Cada jabón que hago lleva algo de mí: mi estado, mi intención, mi energía. Y quizás por eso, cuando alguien lo usa, no solo limpia su piel. También, de alguna manera, se encuentra con algo más.

 

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