Cerrar el año es importante porque el tiempo no solo pasa: nos atraviesa. Cada año deja huellas en el cuerpo, en la memoria, en la manera de mirar y de estar en el mundo. Si no nos detenemos a cerrar, lo vivido queda abierto, como una puerta mal entornada por la que se cuelan cansancios, asuntos no digeridos y emociones que siguen pidiendo atención.
Cerrar el año no es hacer balance ni juzgar lo ocurrido. Es reconocer que un ciclo ha cumplido su función. Que incluso aquello que no entendimos, que no salió como esperábamos o que dolió, ya ha hecho su trabajo. Cuando no cerramos, seguimos pidiendo al pasado que nos dé respuestas que solo el presente puede ofrecer.
Hay una sabiduría profunda en los ritmos naturales: la cosecha, la caída de las hojas, el reposo de la tierra. Nada crece sin pausa, y nada se renueva sin desprendimiento. El cierre del año cumple esa misma función simbólica: permitir que la experiencia se asiente, que lo esencial quede integrado y que lo accesorio pueda volver a la tierra.
Cerrar el año es también un acto de responsabilidad interior. No se trata de cargar con todo hacia adelante, sino de elegir conscientemente qué merece acompañarnos al nuevo ciclo y qué no. Lo que no se cierra, se repite; lo que se honra, se transforma.
Además, el cierre crea espacio. Espacio real, no solo mental. Un año no se abre verdaderamente si el anterior sigue ocupando el centro. Cuando cerramos, dejamos de exigirnos explicaciones constantes y pasamos a una disposición más humilde y más fértil: la de confiar en el proceso de la vida, incluso cuando no lo comprendemos del todo.
Cerrar el año es, en el fondo, un gesto espiritual sencillo: decir gracias, decir basta, decir confío. Es aceptar que el tiempo es un maestro silencioso y que nosotros no somos solo quienes hacen, sino también quienes reciben, digieren y entregan.
Solo desde ese cierre sereno el año nuevo puede ser algo más que una fecha: puede convertirse en un espacio habitable, no colonizado por el peso de lo anterior, sino abierto a lo que tenga que venir, a su tiempo y a su manera.
Con ese tiempo destinado para ti, y de esa manera, preparate para ese año nuevo que va a empezar. Te propongo este bonito ritual para realizar el dia 31 de diciembre:
Ritual de cierre del año “Lo vivido vuelve a la tierra, lo esencial permanece”
Este ritual no busca recordar todo, sino entregar el año a algo mayor: la vida, el tiempo, la naturaleza, al universo. Es un acto de confianza: lo importante ya ha sido recogido.
1. Preparación del espacio
-
Mesa limpia y sobria.
-
Dos velas:
-
Blanca → el año que se cierra
-
Verde o dorada → la vida que continúa
-
-
Un cuenco pequeño con aceite vegetal (V6, oliva, almendras,...).
-
Aceite esencial de Mirra (cierre de ciclos, duelo sereno) o Incienso (entrega, trascendencia, sentido profundo)
2. Apertura del ritual
De pie, frente a la mesa enciende la vela blanca. Coloca una mano sobre el corazón y otra sobre el vientre. Di en voz baja o interiormente:
“Este año ha pasado por mí. Lo que fue necesario, quedó. Lo que no, lo devuelvo a la tierra.”
Permanece unos segundos en silencio.
3. Unción corporal
Mezcla 3 gotas del aceite esencial con el aceite vegetal y aplicalos al corazón, las sienes y las manos. Mientras respiras el aroma:
“Consagro lo vivido. Nada se pierde. Todo encuentra su lugar.”
No intentes pensar en nada concreto. Deja que el cuerpo haga el cierre.
4. La comida o cena ritual de cierre
No es un menú cerrado, sino símbolos comestibles. Idealmente incluye al menos uno de cada grupo:
- Algo que venga de la tierra (raíz o grano). Por ejemplo, lentejas, garbanzos, arroz, trigo, pan artesanal.. . Representa lo que ha sostenido el año.
- Algo dulce y natural, como naranja, mandarina, manzana asada, higos secos, miel,... Para integrar incluso lo difícil con dulzura.
- Algo que haya pasado por el tiempo: frutos secos, queso curado, vino, aceite de oliva,...Sabiduría que solo da el paso del tiempo.
- Algo verde o amargo: Endivias, rúcula, alcachofa, escarola,... Aceptación de lo no resuelto.
Antes del primer bocado:
“Recibo el año como alimento. Lo digiero. Me nutro de lo esencial.”
Come despacio, en silencio o con palabras suaves.
5. Brindis final (aunque estés sol@)
Al terminar la comida, enciende la vela verde o dorada y apaga la vela blanca. Eleva la copa o el vaso y di:
“El ciclo se cierra. La vida continúa. Confío.”
Bebe lentamente.
6. Cierre
Permanece unos minutos en silencio. Deja que el aroma se desvanezca solo. No hagas nada más. Si quieres, al día siguiente puedes lavarte las manos con agua tibia como gesto final de paso.

